El Asedio al Santuario de la Virgen de la Cabeza

La Guardia Civil muere, pero no se rinde

 
     
 
lefttop
 

 

Tambores en Sierra Morena

 

TAMBORES EN SIERRA MORENA

 

  

         

 

          España es fecunda en gestas heroicas. Parece como si el espíritu de los celtíberos que admiraron al mundo con el valor indomable de Sagunto y Numancia hubiera quedado como un fermento telúrico sobre nuestro suelo, que ha fermentado en las venas de los pueblos que sucesivamente han ido superponiendo su cultura y su sangre en la piel de Iberia, hasta dar lugar a nuestra raza que, mezcla de razas, nos distingue con rasgos acusados de otras hermanas. Es difícil determinar qué proporción de sangre ibera, romana, goda, árabe o de otros pueblos que en menor proporción se han mezclado con el nuestro, tiene o ha tenido, a lo largo de la Historia, cada uno de los españoles. Pero desde Sagunto a los hombres que en el frente de Rusia, en el crudo invierno del año 1942, murieron sin dar un paso atrás en la “posición intermedia”, donde quedaron “clavados”, según la orden que habían recibido, y que las bayonetas triangulares rusas, al ensañarse sobre los cadáveres, se encargaron de hacer impresionante realidad, existe una línea de heroísmo hasta más allá de lo humano, que pasa por Covadonga, Otumba, Rocroi, Zaragoza, Baler y el Alcázar de Toledo, por citar hitos de renombre universal.

  

          En este despliegue español de bravura y heroísmo, la defensa del Santuario de la Cabeza destaca con relieves singulares por la precariedad de los medios de defensa, por la desproporción con las fuerzas enemigas, por la larga duración del sitio, por la presencia, junto al puñado de combatientes, de más de un millar de mujeres, ancianos y niños, entraña, gloria y cruz de un asedio que duró casi nueve meses. ¿Se ha pensado con detenimiento en lo que supone el que entre unas ruinas y rocas defendidas por los fusiles de unos guardias civiles naciera y superviviera una veintena de niños? ¿O en que, cuando se ha perdido toda esperanza de liberación, porque hasta el mando nacional ha autorizado la rendición, y se llevan aguantando nueve meses de hambre y sufrimiento, y las ropas de verano se han convertido en harapos, tras pasar en un picacho de la sierra el invierno, esas mujeres que han visto a su lado morir a sus hombres y llorar y morir a sus hijos se nieguen a ser evacuadas por la Cruz Roja Internacional y prefieran esperar junto a los supervivientes el aplastamiento final, bajo el fuego de la artillería, el bombardeo de la aviación y el peso de los tanques? No basta ya el valor de una raza. Hace falta la fe en la santidad de una causa para que el sacrificio total y colectivo por ella sea posible. Porque en el otro bando, no hay que olvidarlo y los que combatimos en la guerra no lo olvidamos nunca, luchaban hombres de nuestra propia raza, sin que a la hora de nacer el valor se hubiera repartido de forma diferente con arreglo al bando en el que iban a luchar más tarde. Sin embargo, ahí está la historia de la guerra escrita por unos y otros; en el bando rojo no se puede presentar un solo hecho militar que se parezca  a las defensas de Oviedo, el Alcázar o el Santuario. Y si se pretende alegar que la mejor formación castrense de los mandos explica (lo que ya sería explicar) Oviedo o el Alcázar, lo que no podrá explicar nunca es el Santuario, pues ni para defender con un fusil unas rocas hace falta más táctica que corazón, ni para comprender la actitud de las mujeres se puede hablar de disciplina cuando la evacuación ha sido autorizada.

  

          Estas ideas se agolpaban en nuestra mente cuando hace unos días asistíamos a la inauguración del monumento que conmemora la gesta del Santuario. Nos apretaban en la garganta cuando, entre las rocas que regó la sangre, nos cruzábamos con aquellos hombres, con aquellas mujeres, con aquellos niños convertidos ya en adultos que volvían, como sombras del pasado, a pisar la tierra veintinueve años atrás inmortalizada. Vimos, al hacerse de noche, serpentear, cerro abajo, las filas de antorchas que en su vaivén marcaban el paso de la procesión de supervivientes en un rezo colectivo del rosario que demostraba, una vez más, contra la mendacidad de unos y la claudicación de otros, el carácter de Cruzada que tuvo la lucha para los que allí, bajo el manto de la Virgen, dieron todo por la salvación de su Patria. Allí tenían que haber estado, aunque la noche cubriera la vergüenza de sus caras, los que, traicionando a la vez a la religión y a la Patria, pisan sobre las tumbas de los mártires para correr, como cortesanas temerosas de llegar tarde, a ofrecerse a las hordas que, con nuevos modos, pero con los mismos fines, agitan las armas con aires de conquista en torno al recinto de la cristiandad.

  

          Pero luego, como si fuera una respuesta a estas ideas, cuando la noche se había hecho negra sobre los picachos de Sierra Morena, cuando el eco de la última oración se había extinguido en el espacio; cuando las luces se apagaron y las rocas, los picos y los árboles recobraron el aspecto de las noches de angustia en que allí se luchaba y se moría; cuando un silencio impresionante, en el que aleteaba la emoción, nos rodeó a todos, estalló, sobre la cumbre del cerro de la Cuarta, de la posición avanzada que fue clave de la defensa y puesto privilegiado de la muerte, los sones rotundos de una retreta militar. El redoble de los tambores y la voz de las trompetas resonaban marciales y hacían estremecer a los hombres y a las piedras. Era como un clamor que gritaba al mundo que no estaban allí sólo muertos ni hombres venidos a llorar sobre sus tumbas, sino que sobre los cadáveres de los que nos marcaron el camino se mantiene guardia vigilante, presta a transformarse en huracán de fuego tan pronto como alguien intente poner en peligro los frutos de una victoria que nos costó tantos muertos y nos ha  valido los veintiséis años de paz más fecundos de nuestra historia.

  

          No eran manos ancianas las que hacían redoblar los tambores, sino las manos enérgicas de las nuevas generaciones, de hombres que podían ser, y algunos lo son, hijos o nietos de los que allí demostraron el grado de heroísmo a que puede llegar un pueblo como el nuestro cuando lucha por su religión y por su Patria. Aquella retreta era también como una diana que llamaba a ponerse en pie a todos los españoles, a ceñirse el correaje y ocupar cada uno su puesto en la defensa de los valores irrenunciables del 18 de julio. Y aquella retreta era como una advertencia para los que creen que bastan palabras, traiciones, pactos, escritos o voces para cambiar el destino que libremente nos hemos señalado.

  

          A la entrada del cementerio donde reposan los muertos en la defensa del Santuario, debajo mismo del cerro donde resonó aquella noche la retreta militar, un letrero dice: “La Guardia Civil muere, pero no se rinde”. Igual pasa con España. España tampoco se rinde. Si alguien la quiere, tendrá que conquistarla. Y después de la experiencia de 1936, que nadie piense que puede hacerlo con proclamas. Aquellos tambores lo pregonaban bien claro: hay que hacerlo con la espada.

 

 

Autor: Ángel Ruiz Ayúcar

Publicado en “El Español” el 30 de octubre de 1965

 

 

 

 

 

 

 
righttop